A César Concha in memóriam

Realmente sabía que no lo volvería a ver, que no volvería a saludarle ni a agradecerle en persona por la amabilidad de su voz y de su abrazo. Sin embargo, deseaba despedirme, visitarlo en su casa y charlar brevemente como siempre eran nuestras charlas: sin intensidades incómodas, ni reclamos, solo narraciones de vida y puntos de vista dirigidos a la emancipación; deseaba despedirme, verle, escuchar su voz casi gangosa por el esfuerzo de hablar; deseaba mirar sus ojos concentrados en la nada y en todo como si ahí mirase las respuestas sin creer en ellas; deseaba mirar su mano estrechar la mía y su abrazo arropar el mío como encontrando la imagen paterna que suelo buscar. 

Sabía que se apagaba su fuego dejando sus brazas encendidas en otros: en otros ojos y otras manos, desde ese corazón de suturas y consecuencias, hasta ese cerebro exhausto por imaginar y soñar tanto. 

Él se iría pronto, yo lo sabía y recordaba la amabilidad y la ternura hacia mis hijos y hacia su nieto, hacia mi madre y hacia mi. Recordaba sus ganas por no estar aunque siempre se levantaba, y escribía una historia distinta en las mentes quienes le conocimos; recordaba su estampa disminuida por la edad, pero enaltecida por su pasado. Lo recordaba y me lamenté permanecer ausente cuando unas frías letras se inyectaron en mis huesos al conocer lo que era inminente; ahora sólo me queda agradecerle, Don César, a través de su familia a manera de honor, con amistad y amor sincero a ellos y a su memoria.


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